lunes, 21 de enero de 2008

SUEÑOS QUE MATAN

por Roger Goyaud

Rodeado de tumbas, entre voces y quejidos de las almas condenadas, me encuentro. En este lugar alejado de todo, oculto y misterioso, donde nadie se atreve a acercarse; paso mi tiempo viendo el continuo andar de las almas, de un lado al otro de este lugar y escuchando sus voces, (extraños alaridos) en un dialecto que poco a poco voy comprendiendo.
¿Quién soy? y ¿dónde estoy?, ahora no importa. La pregunta sería ¿quién fui?.
Hubo una vez en que fui un hombre común. Tenia una vida normal, como cualquiera. Con problemas de toda índole, pero era feliz, o creía serlo.
Mi vida cambió cuando la conocí. Enseguida me impacto su belleza. Aunque ese día tenía un largo vestido negro, que no dejaba apreciar su hermosa figura y un pañuelo que cubría su larga cabellera rubia. Tal vez haya sido la situación, el entierro de su marido. Debo confesarles que yo trabajaba en el cementerio. Era el encargado de que todo saliera a la perfección. Ya estaba acostumbrado a estas situaciones. La gente llorando a sus seres queridos. Otros que nunca estuvieron, ahora se acuerdan de ellos. La clásica y nunca olvidada maldita lucha por el testamento.
No era la situación. Dije que estaba acostumbrado. Creo que uno no se termina de acostumbrar del todo.
Volviendo a ella, ese día solo cruzamos unas miradas. Pero volvió al siguiente y así venía día tras día. Hasta que en una oportunidad me acerqué y le hablé. Verán, soy una persona muy tímida, en especial cuando se trata de hablar con mujeres, pero al verla sentía la necesidad de estar con ella. No recuerdo exactamente que le dije. Es más ni siquiera me acuerdo que temas hablamos. Tengo una laguna en mi mente, que no me permite regresar a esa situación. Pero a partir de ese momento, todos lo días siguió viniendo y nos quedábamos hablando durante horas.
Poco a poco me fue envolviendo con su dulce forma de ser. Sus grandes ojos verdes, parecían brillar cuando nos mirábamos. Su rubio y largo pelo era de una suavidad y extrema belleza para la vista. Que decir de su boca, era la gran obra maestra de todo su ser. Su cuerpo era perfecto. Ella era perfecta.
Nos enamoramos y parecíamos ser tan felices. Que más podía pedir. Tenía el amor de esa gran mujer. Además tenía un buen pasar económico.
Nos casamos al poco tiempo y nos mudamos cerca del cementerio. La casa era grande y silenciosa para nosotros. Pero sabíamos que cuando tuviéramos hijos se llenaría de muchos ruidos.
Desde el día que nos fuimos a vivir juntos, comenzaron a suceder extraños acontecimientos. Llegaba a casa del trabajo, exhausto, comía, me duchaba y dormía. A mitad de la noche me despertaba, soñaba que en el cementerio se me aparecía el espíritu de su difunto marido. Me perseguía, me amenazaba y no podía escapar. Pero lo que más me mortificó fue que en un sueño el mismo espíritu me dijo ¨Ella no es perfecta, ten cuidado.¨ Esas pesadillas se hicieron constantes. Todas las noches se me aparecía y me decía más y más de lo mismo. Me pedía que la observara detenidamente que hallaría respuestas. Y también comenzó a decirme que ella merecía la muerte. Siempre me despertaba exaltado y asustado, pero la miraba a ella a mi lado, tan bella, tan linda durmiendo y la tranquilidad volvía a mi.
Todo un año continuó asediándome ese extraño espíritu en mis sueños. Cada vez parecía agregar algún detalle, algún defecto sobre mi amada.
Poco a poco empecé a notar que lo que me decían en mis sueños no estaba tan alejado de la realidad. La veía y cada vez me costaba entender el vínculo que me unía con esa mujer. No era la misma. Cuando me miraba llegué a notar en sus ojos un sentimiento de debilidad, de flaqueza que antes no lograba ver. Y en mi, la ira aumentaba al mirar esos profundos y verdes ojos. Esos que tanto me habían deslumbrado, que tanto había amado. Ahora los odiaba profundamente, detestaba su mirada. La esquivaba cuantas veces podía.
Los últimos días ya no dormíamos juntos. No podía sentir su respiración, no podía soportarlo. Así que pasaba mis noches en el sofá. Y los sueños seguían dándome mas detalles espantosos sobre ella, sobre la verdadera mujer con la que estaba casado. Llegué a matarla varias veces en mis pesadillas. Tantas que perdí la cuenta. La mataba de muchas formas diferentes. La asfixiaba con la almohada y ella intentaba resistir, hasta que después de un tiempo quedaba inmóvil. En otras usaba la escopeta que tengo guardada en el armario. O la descuartizaba con el hacha. También la ahogaba en la bañera. Que placer sentía en esos momentos. Cuando despertaba tenía un paz y una alegría que se acababan cuando volvía a la realidad y ella seguía respirando y mirándome con esos ojos que parecían angelicales, pero que encubrían a un ser diabólico.
Ella era la que me generaba esos sueños. La que provocaba en mi este estado. La que me pedía de esa forma que la ayudara, que terminara con su calvario. Se comunicaba conmigo en los sueños, a través de su difunto marido y hasta últimamente aparecía ella misma. Me decía que había sido poseída por un espíritu maligno. Ya no era ella. Era algún ser diabólico que se había apoderado de su cuerpo y yo debía liberarla.
Una noche desperté de un sueño donde otra vez la había matado, pero ahora tenia sangre en mis manos, mi remera estaba rasgada y manchada. Me encontraba en la habitación, miré alrededor y en el piso yacía muerta la que una vez supo ser mi amada. Sus grandes ojos verdes, esos que tanto había amado y odiado, no estaban en su cuerpo.
Nadie creyó en mi versión de los hechos, sobre el espíritu maligno que se había apoderado de ella. Y se rieron cuando les dije que en mis sueños ella me pedía que la ayudara a acabar con su vida, a liberarla.
Me encerraron en un manicomio y ahí pasé un tiempo, hasta que no aguanté mas y logré escapar. Tardé mas de dos años en hacerlo, pero funcionó. Ahora estoy en este cementerio, alejado de todo y comparto mis días con ellos. Las almas por las noches se aparecen y solo espero encontrar algún día la de ella. Porque al fin yo la salvé, la liberé. PERO CUANTAS DEBEN HABER QUE NECESITEN SER LIBERADAS, TAL VEZ MI TAREA RECIÉN COMIENCE. Porque los espíritus me dicen que tengo que seguir liberando almas.
Aún conservo en mi poder sus grandes ojos verdes, que pronto tendrán compañía.

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